Hace ocho años, Vicente Pérez Herrero comenzó a grabar una serie de documentales sobre temas sociales e históricos que conforman el proyecto Tekoha (‘el lugar donde somos lo que somos’ en guaraní)[1]. «Las películas abarcan desde hechos históricos como el etnocidio en la etapa del Caucho o Shiringa, hasta ritos de adolescencia, pasando por los chamanes, la globalización que amenaza a los pueblos minoritarios o el arte Kent de las mujeres de la etnia Shipibo»[2].
En abril de 2025, pudimos ver en los Cines Casablanca de Valladolid, uno de estos documentales: «Shipibas. Las raíces femeninas del arte Kené» (2024). Este va a ser mi punto de partida para mostrar qué es este arte ancestral pero también para reflexionar sobre la situación de las mujeres de lacomunidad Shipibo e incluso ir más allá, mostrando la presencia actual de sus obras en el ámbito internacional.


Pero empecemos por el principio.
¿QUIÉNES SON LOS SHIPIBAS?
Los Shipibo-Konibo son uno de los pueblos indígenas más numerosos de la amazonía peruana. Se formaron a partir de la unión de tres grupos étnicos, los Shipibo, los Conibo y los Xetebo, con quienes comparten una lengua común de origen Pano. Actualmente constituyen más de 150 comunidades (en torno a 30.000 personas).
Se asientan al norte de Perú, principalmente a orillas del río Ucayali, teniendo también presencia en otras cuencas fluviales como el Psiqui, Madre de Dios, Rímac y la quebrada de Genepanshea, en los departamentos de Huánuco, Loreto, Madre de Dios, Ucayali y Lima.

Shipibo-Konibo
Según la tradición oral, su nombre resulta de la combinación de las palabras Shipi, que significa «mono», y Coni, que significa «pez». De hecho, antiguamente los Shipibo ennegrecían su frente, barbilla y boca con un tinte natural que les hacía parecerse a una especie de mono de la selva amazónica denominado precisamente Shipi. Los miembros de esta comunidad han adoptado esta denominación sin considerarla peyorativa, e incluso reivindicándola.
Se desconoce la fecha exacta de inicio de la unión de los Shipibo, Conibo y Xetebo, que se fue desarrollando a lo largo de varias generaciones, pero algunos arqueólogos apuntan que los pueblos precursores de estas comunidades debieron llegar a la región del Ucayali entre los años 800 y 650 a.C.
Parece que su primer contacto con los colonizadores europeos se remontaría a 1558, cuando el conquistador español Juan Salinas de Loyola, en su búsqueda de El Dorado, recaló en las riberas del Ucayali.
En el siglo XVII se inician los intentos evangelizadores por parte de franciscanos y jesuitas. Entre 1742 y 1760 «el cuzqueño Juan Santos Atahualpa, lideró una gran rebelión de los pueblos selváticos contra la colonización, que les trataba de imponer costumbres culturales ajenas y les despojaba de sus mejores tierras. Terminada la rebelión en estas tierras inhóspitas, nunca totalmente dominada ni por los incas ni por los españoles, se reinició la labor evangelizadora»[3], que nunca llegó a cuajar tampoco.
Posteriormente, a mediados del siglo XIX llegaron colonos dispuestos a explotar los recursos del territorio shipibo-konibo, en especial el caucho. Este material generó una auténtica «fiebre» que llevó a la fundación de nuevas ciudades, como Pucallpa (1888), hacia la que se inició un fuerte éxodo desde las zonas rurales. El proceso migratorio se acentuó a partir de 1990, conformándose nuevos asentamientos humanos shipibo en el distrito de Yarinacocha y en el de Rímac, localizado éste en la propia capital del país, Lima.
En cuanto a su organización social, habitan en comunidades familiares múltiples, en las que la vida comunitaria y la colaboración siguen siendo primordiales.
Los Shipibas son reconocidos por su profundo conocimiento de la naturaleza, en especial de las plantas medicinales, que emplean de manera cotidiana. Y también, por su rica tradición artística, especialmente por sus diseños geométricos denominados «kené», que plasman en tejidos y cerámicas entre otros objetos.

Figura 3: Mujeres y hombre shipibo.
LAS MUJERES SHIPIBAS
Dentro de la sociedad shipibo-coniba, hombres y mujeres desempeñan un papel complementario, necesario para la supervivencia de la comunidad, aunque dentro de un claro régimen patriarcal.
Así, los hombres se encargan de los trabajos considerados más pesados, como la caza, la pesca o la construcción y colaboran en trabajos agrícolas; además de ser los chamanes. Su ámbito es el público. Por su parte, a las mujeres les corresponden las tareas domésticas, limitadas al ámbito privado y vinculadas a los cuidados (cocina, limpieza, atención a niños o mayores de la familia y la agricultura. Pero además son las encargadas de la conservación de su lengua tradicional y de la transmisión de su cultura a las nuevas generaciones. Igualmente elaboran las artesanías (bordados, cerámicas, etc.), con los diseños kené, de los que hablaré más adelante.
Siendo una sociedad fuertemente patriarcal era habitual, hasta hace unas dos décadas, el matrimonio concertado, así como la práctica de la mutilación genital femenina, requisito para el casamiento. En el documental que sirve como base a este artículo, varias mujeres relatan frente a la cámara la dureza de esta ceremonia, relatando el proceso y los pormenores de la misma, pero sobre todo el dolor y las graves consecuencias para su salud que la ablación del clítoris ha tenido en su vida. Los hombres participantes, siguen defendiendo que se practique puesto que es una «tradición».
Quien no se sometía al ritual era marginada y despreciada. Pero esta situación, gracias al impulso de las propias mujeres, está cambiando. Comenzaron a organizarse y juntas han conseguido, por ejemplo, garantizar la educación de las niñas, gracias a la cual se abren nuevas posibilidades laborales fuera del hogar y la independencia económica. Para ello ha sido fundamental su ingreso en las organizaciones indígenas mixtas, órganos de decisión, en las que no obstante siguen encontrándose con frenos porque al frente continúan los hombres.
A través de la creación de redes de apoyo, han logrado el empoderamiento de las mujeres y se ha avanzado mucho, aunque aún se mantengan situaciones como la violencia machista dentro y fuera del matrimonio.
Las mujeres han accedido igualmente a ámbitos nuevos, por ejemplo la administración de negocios familiares o trabajos como la pesca. Pero también se han convertido en chamanas, algo reservado hasta ahora a los hombres, a pesar de que eran ya expertas en el conocimiento y uso de las plantas medicinales. Hacen frente además a la deforestación de la selva provocada por empresas extractivas o madereras llegadas de Europa o Estados Unidos. Buscan preservan el medioambiente de la misma manera que reivindican la relevancia de las culturas indígenas.
Lo que no han perdido es su papel preponderante en la artesanía kené aunque, en este caso, se observa un nuevo cambio: Los hombres se han incorporado a ella. La principal causa parece ser el auge de las ventas de estos productos vinculada al turismo, una de sus principales fuentes de ingreso actuales, frente a la desaparición progresiva de la economía tradicional.

Figura 4: La ingeniera agroforestal Shirley Mori. (Fuente: ONU Perú)
EL KENÉ
El arte kené es una expresión de la cosmovisión de este pueblo y se transmite de generación en generación. Esta palabra shipibo-konibo, significa «diseño» y designa específicamente los patrones geométricos que se trazan sobre superficies diversas, como el rostro o el resto del cuerpo de las personas, las cerámicas y los tejidos (ropas, accesorios, cobertores); pero también las coronas de los chamanes, las bandas de mostacillas[4] (en collares, pulseras, coronas o brazaletes), las canoas, los remos y otras piezas de madera.
De acuerdo con la superficie en la que se aplican, algunos kené son pintados con tintes naturales (de plantas o cortezas de árbol) utilizando astillas de madera o un pincel fino; otros son tejidos en telar o bordados con hilos de colores y cosidos como aplicaciones en las telas; e incluso tallados en la madera o en la cerámica fresca para generar relieve.

Hacer kené es un arte esencialmente femenino. Desde niñas, las mujeres pasan horas junto a sus madres, u otras mujeres mayores, observándolas y aprendiendo a realizar los diseños. En los últimos años, también los hombres se han incorporado a estas tareas, buscando incrementar la producción como consecuencia de la demanda de los turistas.
El kené es sobre todo un proceso cultural que no se limita a buscar el embellecimiento, sino la sanación de las personas y de las cosas a través de la energía de las plantas. Las mujeres, por ello, no tienen ningún patrón o diseño predeterminado, ni emplean instrumentos para medir, tan sólo se colocan delante de la tela (u otro soporte) y dejan que su mano se mueva libremente plasmando las visiones que han tenido en sus pensamientos. Estas visiones proceden de la ingesta de determinadas plantas consideradas medicinales (rao) y hacen que los diseños tengan poderes curativos. No son pues meras expresiones plásticas, sino la materialización de la energía o fuerza positiva llamada koshi, invisible al ojo humano pero que se manifiesta en esas visiones.
Entre las rao destacan el piripiri (Cypreus sp.) y la ayahuasca (Banisteriopsis caapi), ambas emparentadas con la anaconda primordial. El piripiri es utilizado por las mujeres, quienes tras su consumo tendrán «pensamientos» (shinan) que luego materializan en esos diseños de tejidos y bordados o sobre las cerámicas de uso cotidiano que modelan. Es decir, tienen visiones y las dan a ver a los demás en sus creaciones. El uso del piripiri se inicia ya en la infancia (con solo meses de edad), de forma que las madres vierten unas gotas del jugo de la planta en sus ojos y en el ombligo. Se piensa que de esta manera se agudizará su visión, y así tendrán mayor capacidad para tener «pensamientos» y plasmarlos después en el kené.
Aunque también empleado por mujeres, son fundamentalmente los hombres los que utilizan para viajar por el mundo espiritual y ver la energía de las plantas emanando, la ayahuasca. Y lo hacen durante ceremonias dirigidas por chamanes. Sin embargo, no materializan después esas visiones para que sean vistas por los demás, de ahí que tradicionalmente no hayan hecho kené.
Los motivos decorativos que se representan siguen patrones geométricos. Es el caso del Roni Quënëya (literalmente «diseños de boa»), que son motivos en zig-zag recordando las escamas de las serpientes; o el Caros Qüenëya (en forma de cruz). En el documental «Shipibas», las mujeres van explicando el significado de estos motivos, relacionados con su cosmogonía, pero también su peculiar vinculación con sus cantos sagrados. La correspondencia sería tal que existe una relación directa entre el motivo de los diseños y el patrón rítmico de la canción que se entona mientras se realizan estos.

Los diseños no son meramente expresiones plásticas de las mujeres de esta comunidad, como ya he mencionado. Van más allá, ya que la práctica de hacer kené está ligada a la identidad cultural y la memoria colectiva del pueblo shipibo-konibo.
Por su relevancia, en abril de 2008, el Instituto Nacional de Cultura de Perú declaró el kené como Patrimonio Cultural de la Nación (Resolución Directoral RD N 540(INC-2008). De esta manera se busca proteger y promover los derechos de los pueblos indígenas y la riqueza y diversidad de su patrimonio cultural.
EVOLUCIÓN Y FUTURO
El kené es considerado un arte vivo y cambiante, que se enriquece con el tiempo y la práctica contemporánea. Como consecuencia, por ejemplo, los diseños han evolucionado, pasando de formas anchas y rectilíneas a diseños más finos y curvilíneos.
Pero además han surgido nuevas formas de manifestación del mismo, vinculadas sobre todo con las migraciones a entornos urbanos desde fines del siglo XX. Uno de los principales ejemplos es la comunidad de Cantagallo, en Lima, donde el kené se ha convertido en un medio de identificación cultural en un entorno hostil. Allí este arte se ha trasladado a los muros, sirviendo además de como reivindicación como un medio de difusión de esta cultura ancestral.
El mayor reconocimiento a favorecido el empoderamiento de las mujeres shipibas, principales hacedoras de los tejidos. La demanda ha crecido, pero viene especialmente de parte de los turistas, lo que puede influir en la calidad, y ha obligado a que cada vez más hombres se dediquen a esto, ante la falta de otros trabajos.
Por otra parte, en comunidades rurales ven como las mujeres jóvenes se van, con lo que la transmisión de este arte está en peligro. En el documental de Vicente Pérez, se recoge también el lamento de las más ancianas de los pueblos, que ven además con pena, como sus jóvenes dejan también de vestir los trajes tradicionales bordados, que sustituyen por ropas más occidentales.
Existe pues una amenaza a su forma tradicional de vida que, de forma paralela, se encuentra con el auge del kené como práctica artística. Los nuevos diseños unen las creencias tradicionales con la expresión de la vivencia de la migración y la marginación, dando lugar a un arte nuevo. Se ha llegado incluso a la profesionalización, con el surgimiento de colectivos de mujeres artistas que pintan murales kené en las ciudades («Mujeres muralistas artesanas Soi Noma de Cantagallo», que incluye también hombres), o que han dado el salto al mercado internacional. Su presencia en exposiciones internacionales se inició en 1979, aumentando desde entonces. Una de las más reconocidas es Olinda Silvano (Paoyhan, 1969), maestra del kené y sanadora. Su obra ha sido expuesta en relevantes instituciones culturales, tanto del Perú como del extranjero. Tal es el caso de su participación en la Feria ARCO de 2019, donde participó en la pintura de un mural en el Espacio Matadero Madrid. En noviembre de 2024, impartió un taller el taller de arte kené «Cosmología y creación», organizado por el CCCB. Y en 2025, ha sido una de las más destacadas participantes de nuevo en la Feria ARCO, dedicada precisamente al Amazonas en esta edición.

Olinda representa perfectamente la situación actual de las mujeres (del pueblo shipiba-koniva), la mezcla de tradición y modernidad que intentan coexistir para, en el ámbito rural, no desaparecer, y en el urbano, resurgir. ¿Cuál será su futuro?
BIBLIOGRAFÍA
- ARIAS DOMÍNGUEZ, Emilia Laura, «Shipibas, en lucha por la igualdad en la selva», Píkara Magazine, 12 de abril de 2021. https://acortar.link/gkOfw8.
- BELAUNDE, Luisa Elvira (2009), Kené: arte, ciencia y tradición en diseño, Perú: Instituto Nacional de Cultura, 2009. https://repositorio.cultura.gob.pe/bitstream/handle/CULTURA/7629/KEN%c3%89.pdf?sequence=1&isAllowed=y
- BRABEC DE MORI, Bernd y MORI SILVANO DE BRABEC, Laida (s.f.), «La corona de la inspiración. Los diseños geométricos de los Shipibo-Koinbo y sus relaciones con cosmovisión y música», Indiana- Estudios Antropológicos sobre América Latina y el Caribe, vol.26, pp.105-134. https://www.redalyc.org/pdf/2470/247016492008.pdf
- ESPINOSA, Óscar (2017), Los pueblos shipibo-konibo, kakataibo e iscohahua, (Serie Nuestros Pueblos Indígenas, nº3), Perú: Ministerio de Cultura. https://centroderecursos.cultura.pe/sites/default/files/rb/pdf/Los%20pueblos%20shipibo-konibo%20isconahua%20y%20kakataibo.pdf
- GAO, Siyu, (2022), El arte kené: expresión de resistencia del pueblo shipibo-konibo de la Amazonía peruana en la actualidad [TFM. Universitát de Barcelona]. Dipòsist Digital de la Universitat de Barcelona. https://diposit.ub.edu/dspace/handle/2445/220381
[1] Canal de YouTube del director y guionista: https://www.youtube.com/channel/UCvKtAk0s5nV-mmepyF-ASUA/videos
[2] El equipo está integrado por el propio Vicente Pérez Herrero (en la dirección, fotografía y producción, junto a ayudantes locales en la amazonía peruana como Luisa Sandoval, Indra Panduro y Néstor Paiva; además de contar con el apoyo de organizaciones locales. Toda la información sobre el proyecto se puede consultar en la web: https://tekoha.es/
[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Shipibo-conibo [Última consulta 6 de agosto de 2025].
[4] Cuentas pequeñas, generalmente esféricas, utilizadas en bisutería, manualidades u otros proyectos artísticos.

















































